Jean-Michel Jarre ya había estado en Londres antes, en 1988, en los Docklands bajo la lluvia, haciendo estremecer la city con su megaespectáculo de luz, música y láser. Eran otros tiempos y era otro Jarre. Su regreso a Londres en 2008, con Oxygène, su ópera prima, bajo el brazo, es bien distinto.
Una visita la víspera al Royal Albert Hall, el auditorio que acogerá el show, depara una sorpresa que no pasa desapercibida al seguidor fiel: ¿Dónde están los carteles gigantes, los posters, el merchandising, la publicidad? Absolutamente nada. Como si el hombre que congregó a 3,5 millones de espectadores en Moscú no fuese a actuar en menos de 24 horas. ¿Qué habrá pasado?
Entrar en el Royal Albert Hall es entrar en el siglo XIX: el fieltro rojo de las moquetas, las lámparas de gas, las barandillas de madera y los adornos dorados trasportan a la época victoriana, a los espectáculos para nobles y burgueses adinerados londinenses. Extraño marco para una obra de música electrónica… o no, porque, aunque sale de gira por primera vez en su integridad, Oxygène tiene 30 años. Lo dice la audiencia, cuya media de edad, con honrosas excepciones por ambos extremos, ronda la cuarentena. El elevado precio de la entrada y la exclusividad del recinto pueden ser causa, pero puede serlo también que la obra que vamos a escuchar no es de este tiempo, que la calavera en el globo terráqueo ya no impresiona a gente joven, o que Jarre tiene su público y es el que es.

“It is not allowed to take photos”. No está permitido hacer fotos, dice amablemente la azafata de la puerta. Batalla perdida de antemano, porque por doquier brillan los flashes ininterrumpidamente y el concierto aún no ha empezado. El lugar lo merece, desde luego: los 7.000 asientos del coliseo londinense se van ocupando mientras suena Waiting for Cousteau, por supuesto, preludio de todo concierto de Jarre que se precie desde 1991. Escalofrío en la nuca: si suena Waiting for Cousteau, esto es serio.
Con 30 minutos de retraso, que permiten incluso algún “We want Ethnicolor!” anónimo, se abre el negro telón y, de una silla blanca modelo huevo, se levanta Jean-Michel Jarre. “Good evening, London!” y ovación general de respuesta. En una breve presentación hace referencias a la visita de 1988, a la oportunidad de tocar en un ambiente más íntimo (lo de ambiente íntimo es relativo, porque le están escuchando unas 6.500 personas… Pero claro, después de los 2,5 millones de París en el 91 le parecerá una minucia), y a una cadena que se cae del techo y no le acierta por poco ni a él ni a ninguno de los aparatos sobre el escenario. La dedicatoria a Arthur C. Clarke arranca otro aplauso antes de la presentación de los músicos que le acompañan: Dominique Perrier, un viejo conocido, Claude Samard, el capitán del barco, y Francis Rimbert, el más querido por los fans.
Los cuatro toman posiciones en el escenario: una cincuentena de sintetizadores analógicos (old ladies los llama Jarre) lo asemejan más al puente de una nave espacial que a las tablas de un teatro. Y de la mano del francés iniciamos, poco a poco, un viaje en el tiempo a través de la luz y la oscuridad de Oxygène. Primero la afinación, luego el preludio, y primer aplauso con los acordes iniciales de la primera parte. Cuando se adivina el inicio de la segunda, más rítmica, nuevo aplauso y ahora sí, esto es Oxygène, este es Jarre y las luces bailan, las secuencias resuenan limpias en la perfecta acústica del Albert Hall, Rimbert lleva el bajo poderoso y Jean-Michel la melodía archiconocida. Puro espectáculo. En la tercera parte incorpora los sonidos abstractos del theremin y enlaza con la Variation I, una improvisación analógica tolerable solo porque se trata de quien se trata. Cuando acaba, me pregunto si la gente aplaude porque gracias a dios ha terminado, o porque el viento que suena ahora es señal inequívoca de lo que viene: Oxygène 4, el himno, las cinco notas que le dieron la gloria, la razón por la que todos estamos allí. Es breve, pero es éxtasis. Jarre no puede evitarlo, se ha curtido en megaespectáculos gigantescos, y el cuerpo le pide saltar, correr de un sinte a otro, mirar al público y reír en este preciso momento, entre oscuras improvisaciones, cuando sabe que estamos todos entregados.
Del techo se descuelga un gigantesco espejo sobre los cuatro músicos, ofreciendo una nueva perspectiva para los que están frente a ellos. Y las luces, que no iluminan a los músicos, sino a las máquinas, se multiplican.
La quinta parte lleva incorporada, por desgracia, otra improvisación, esta vez con un teclado Moog portatil. Es sonido directo, por desgracia está claro. Y para cerrar, Oxygène 6, con su ritmo pegadizo y su melodía agridulce. El espejo retrocede para dejar sitio a la pantalla, en la que, por primera vez en la noche, se proyectan imágenes: un globo azul, la Tierra, que gira sobre sí misma para descubrir un cráneo. Mil flashes saltan en ese momento. Gracias, Michel Granger, por esta imagen.

Se adivina el final, pero el público sabe que aún quedan dos platos fuertes: primero Oxygène 12: sonidos analógicos de hace 30 años para un ritmo muy contemporáneo. En la pantalla discurre el ciclo de la vida en imágenes blanco y negro y el encargado de la iluminación se hace merecedor de la matrícula de honor. Con esta puesta en escena, Jarre ha querido dar el protagonismo a los propios sintetizadores, iluminados ahora uno, ahora otro, ahora todos, al ritmo de la música.
“Thank you, London”. Los cuatro, abrazados, saludan y hacen reverencia ante el estruendoso aplauso. Si alguien del público quedó decepcionado por no saber a lo que venía, no lo muestra ahora. Tras una breve salida del escenario, vuelve Jean-Michel, ahora solo, para el broche final. La luz es mínima y no hay mecheros en alto, pero tampoco habrían estado fuera de lugar. “This theme is for you, and for those you love”. Y es Oxygène 13, con su melancólica melodía de despedida. Se alarga el final, con una breve improvisación, otra más, de sonidos que hacen soñar a alguno con un bis más, pero es una ilusión. “Thank you London, and see you soon!”. Se acabó. El viaje, dos breves horas sobre el reloj, ha parecido más largo, casi de… ¿30 años?